Puntos clave
- La Biblia nunca promete respuestas instantáneas; promete un Dios que oye. David preguntó cuatro veces «¿Hasta cuándo?» (Salmo 13, RVR1960) y terminó cantando: la demora de Dios no es la ausencia de Dios.
- Las respuestas de Dios tienen cita fijada: la visión «tardará aún por un tiempo», pero «sin duda vendrá, no tardará» (Habacuc 2:3, RVR1960) — en hebreo, un moʿed, un tiempo señalado.
- Jesús contó la parábola de la viuda «sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar» (Lucas 18:1, RVR1960): la demora no es negación.
- A las tres súplicas de Pablo, Dios respondió: «Bástate mi gracia» (2 Corintios 12:9, RVR1960); y en Getsemaní el Padre respondió de otra manera al Hijo — y esa respuesta fue nuestra salvación.
¿Dios me escucha cuando no responde?
Nadie hace esta pregunta por curiosidad teológica. Se hace de madrugada, junto a una cama de hospital, por un hijo que se aleja, después de años de pedir lo mismo. Si así llegó usted a esta página, sepa primero esto: la Biblia no silencia su pregunta. La canoniza. La pone en el himnario de Israel, para que el pueblo de Dios la cante:
«¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí? ¿Hasta cuándo pondré consejos en mi alma, Con tristezas en mi corazón cada día? ¿Hasta cuándo será enaltecido mi enemigo sobre mí?»
— Salmo 13:1–2 (RVR1960)
Cuatro veces en dos versículos David pregunta «¿hasta cuándo?» — en hebreo, עַד־אָנָה (ʿad-ʾanah, Strong H5704 + H575). No es el lenguaje de la incredulidad: es oración. El salmo entero está dirigido a Jehová por su nombre. David no habla de Dios a sus espaldas; le habla a Dios de frente — y eso es fe. Una fe con lágrimas en los ojos, pero fe. La Escritura llama lamento a esta manera de orar, y el Espíritu Santo llenó el Salterio de ella una y otra vez.
Y en el centro del salmo está la palabra que este ministerio lleva por nombre: «Mira, respóndeme, oh Jehová Dios mío» (Salmo 13:3, RVR1960). Ese «respóndeme» es en hebreo עֲנֵנִי (ʿaneni), del verbo עָנָה (ʿanah, Strong H6030): responder. Es el mismo clamor de Elías en el monte Carmelo: «Respóndeme, Jehová, respóndeme» (1 Reyes 18:37, RVR1960). El salmista que se siente olvidado no le reza a un Dios sordo: le pide respuesta a el Dios que responde.
Y mire cómo termina el salmo — no con el enemigo derrotado ni con la respuesta en la mano, sino cantando:
«Mas yo en tu misericordia he confiado; Mi corazón se alegrará en tu salvación. Cantaré a Jehová, Porque me ha hecho bien.»
— Salmo 13:5–6 (RVR1960)
Afuera nada ha cambiado; adentro ha cambiado todo. David canta antes de ver. Esa es la primera respuesta de Dios al que espera: no un paquete con la solución adentro, sino Su presencia, que sostiene el corazón mientras la solución viene. Dios lo escucha a usted aunque todavía no le haya concedido lo que pidió. Oír y conceder no son lo mismo, y este salmo nos enseña a vivir — y hasta a cantar — en el espacio entre los dos.
¿Por qué Dios tarda?
El profeta Habacuc hizo la pregunta de David, con las mismas palabras hebreas:
«¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás; y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás?»
— Habacuc 1:2 (RVR1960)
«Clamaré» es aquí שִׁוַּעְתִּי (shivvaʿti), del verbo שָׁוַע (shavaʿ, Strong H7768): gritar pidiendo auxilio. No es una devoción de rutina; es el grito del que se ahoga. Y Dios no fulminó al profeta por gritarle. Le respondió — y Su respuesta es una de las llaves maestras de toda la Biblia sobre la demora:
«Aunque la visión tardará aún por un tiempo, mas se apresura hacia el fin, y no mentirá; aunque tardare, espéralo, porque sin duda vendrá, no tardará.»
— Habacuc 2:3 (RVR1960)
Ese «tiempo» es מוֹעֵד (moʿed, Strong H4150): tiempo señalado, cita fijada — la palabra que Israel usaba para sus fiestas señaladas. Las respuestas de Dios no van con atraso: tienen fecha. Y el hebreo refuerza la certeza doblando el verbo — בֹא יָבֹא (bo yavo), «viniendo, vendrá» — y cierra con לֹא יְאַחֵר (lo yeʾaḥer), «no tardará». Para nuestro reloj, tarda; para Su cita, nunca.
Jesús enseñó lo mismo con una viuda. Lucas nos dice para qué contó el Señor esa parábola: «También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar» (Lucas 18:1, RVR1960). «Desmayar» traduce el griego ἐγκακέω (enkakeō, Strong G1573): quedar sin aliento interior, rendirse agotado. Jesús sabía que la demora tienta al corazón a soltar la oración — por eso contó la historia de una viuda que no la soltó. Y remata con una pregunta que Él mismo responde: «¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles?» (Lucas 18:7, RVR1960). El versículo siguiente contesta: no — pronto les hará justicia; la verdadera pregunta, dice Jesús, es si el Hijo del Hombre hallará esa fe perseverante en la tierra cuando venga (Lucas 18:8).
El evangelio de Juan nos deja ver una demora desde adentro. Cuando Lázaro enfermó, Juan escribe que Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro — y que, al oír la noticia, se quedó dos días más donde estaba (Juan 11:5–6). El texto pone el amor y la demora en un mismo aliento. Jesús no llegó tarde por descuido: llegó a tiempo para una resurrección que mostró la gloria de Dios (Juan 11:4, 40).
¿Hay estorbos que la Escritura menciona?
Una página honesta no puede saltarse esta pregunta, porque la Escritura sí habla de oraciones estorbadas — y porque este tema se convierte con demasiada facilidad en un tribunal. Hagamos lo primero sin lo segundo.
Santiago escribe a creyentes: «Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites» (Santiago 4:3, RVR1960) — y un versículo antes, más sencillo todavía: a veces «no tenéis lo que deseáis, porque no pedís» (Santiago 4:2, RVR1960). David conocía otro estorbo: «Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, El Señor no me habría escuchado» (Salmo 66:18, RVR1960). La iniquidad «mirada» — acariciada, guardada, defendida — enfría la oración. Y Juan le da a toda petición su plomada: «si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye» (1 Juan 5:14, RVR1960).
Lea esos textos como lo que son: lámparas, no garrotes. Los amigos de Job tomaron frases verdaderas sobre el pecado y las usaron como acusación contra un hombre que sufría — y Dios los reprendió por ello (Job 42:7). Si al leerlos usted descubre algo que confesar, el evangelio no lo deja en la vergüenza: el que confiesa alcanza limpieza y misericordia (1 Juan 1:9; Romanos 8:1). Y el mismo salmo que advierte sobre la iniquidad termina en testimonio: «Mas ciertamente me escuchó Dios; Atendió a la voz de mi súplica» (Salmo 66:19, RVR1960). El estorbo no es la última palabra. La gracia sí.
¿Qué pasa cuando Dios dice que no?
Hay oraciones que Dios responde con algo mejor que el sí que pedíamos. Pablo cargaba lo que él llamó un aguijón en su carne (2 Corintios 12:7), y rogó exactamente como usted quizá ha rogado:
«respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad.»
— 2 Corintios 12:8–9 (RVR1960)
Dios le dijo que no a la petición — y le dio algo más grande que lo pedido: Su gracia en tiempo presente. El verbo griego es ἀρκέω (arkeō, Strong G714), en presente: Su gracia basta, y sigue bastando, mañana tras mañana. Pablo no obtuvo que le quitaran el aguijón; obtuvo el poder de Cristo reposando sobre su debilidad (2 Corintios 12:9). Hay respuestas que quitan la carga, y hay respuestas que ponen hombros nuevos debajo de ella.
Y si alguna vez un «no» de Dios le parece desamor, mire Getsemaní:
«Y decía: Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú.»
— Marcos 14:36 (RVR1960)
El Hijo eterno pidió, en tal agonía que su sudor caía como grandes gotas de sangre (Lucas 22:44), que pasara la copa — y la copa no pasó. El Padre respondió de otra manera: la cruz, la resurrección, y la salvación de todo el que cree. La única oración «no concedida» de Jesús es la razón por la que usted puede orar. Después de eso, ¿cómo leer los silencios de Dios como abandono? El Padre que no escatimó ni a Su propio Hijo no le negará nada que sea de verdad para su bien (Romanos 8:32).
Mientras tanto, usted no ora solo. «Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles» (Romanos 8:26, RVR1960). El Espíritu Santo derramado en Pentecostés no se ha retirado: hoy ayuda, hoy intercede, hoy sigue repartiendo Sus dones — y hace de la debilidad del que ora el lugar donde el poder de Dios se perfecciona. Dios obra aun en lo que usted no ve, y hace que todas las cosas — también las esperas — obren para el bien de los que le aman (Romanos 8:28).
Mientras espera: el Dios que oye
¿Qué hacer entonces esta noche, con la petición que sigue abierta? Lo que Jesús dijo: seguir pidiendo. «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá» (Mateo 7:7, RVR1960). Los tres imperativos del griego están en tiempo presente — pida y siga pidiendo, busque y siga buscando, llame y siga llamando — y junto a cada uno camina una promesa: a todo el que pide, se le da (Mateo 7:8). Haga como Habacuc, que después de gritar subió a su guarda a esperar la respuesta (Habacuc 2:1): ore, y quédese en su puesto, atento a lo que Dios conteste.
Y no espere solo. Este ministerio existe porque el Dios de la Biblia responde — en las Historias puede leer testimonios de lo que hemos visto al orar — y una de nuestras alegrías es orar con usted. Envíenos su petición: oraremos con usted.
La promesa que está en pie sobre su espera lleva el nombre de nuestro Dios: «Y antes que clamen, responderé yo; mientras aún hablan, yo habré oído» (Isaías 65:24, RVR1960). El Dios que respondió con fuego en el Carmelo — el Dios que respondió a David, a Habacuc y a Pablo — todavía oye. Su silencio no es ausencia: es un moʿed que se acerca.
Una invitación
Quizá usted leyó hasta aquí con una herida: pidió, y el cielo calló. No le ofreceremos fórmulas. Le ofrecemos al Dios de David, que recibe lamentos y los convierte en cantos. Puede orar ahora mismo, con sus palabras o con estas: «Dios vivo: no entiendo tu silencio, pero no me voy. Como David, te pregunto hasta cuándo; como David, confío en tu misericordia. Enséñame a orar siempre y a no desmayar. Respóndeme, y hazme conocer a Jesucristo. Amén.» La historia completa de Su amor — quién es Jesús y qué hizo por usted — toma unos diez minutos de lectura: Conózcale. Y si quiere que oremos con usted, envíenos su petición. El Dios que oye está más cerca de lo que usted cree.
Para estudiar más: Salmo 13, RVR1960 — Bible Gateway · interlineal de Habacuc 2:3 — BibleHub (en inglés) · interlineal del Salmo 13:1 — BibleHub (en inglés).
Glosario
- Lamento
- oración bíblica que lleva el dolor y la queja directamente a Dios; la forma de muchos salmos (p. ej., el Salmo 13).
- עַד־אָנָה (ʿad-ʾanah)
- «¿hasta cuándo?» (Strong H5704 + H575); el clamor que abre el Salmo 13 y Habacuc 1:2.
- מוֹעֵד (moʿed)
- tiempo señalado, cita fijada (Strong H4150); la palabra de Habacuc 2:3 sobre la respuesta que viene.
- ἐγκακέω (enkakeō)
- desmayar, quedar sin aliento interior (Strong G1573); lo que Jesús manda no hacer en Lucas 18:1.
- ἀρκέω (arkeō)
- bastar, ser suficiente (Strong G714); el verbo de «Bástate mi gracia» (2 Corintios 12:9).
- Intercesión
- oración a favor de otro; el Espíritu Santo intercede por los creyentes (Romanos 8:26).
Preguntas frecuentes
¿Dios escucha todas las oraciones?
La Biblia distingue entre oír y conceder. Ata la confianza del que pide a la voluntad de Dios (1 Juan 5:14) y testifica que Él atiende a la voz de la súplica (Salmo 66:19). Nada que usted le traiga con honestidad queda sin ser oído.
¿Es pecado preguntarle a Dios «por qué»?
No. El Salmo 13 y Habacuc 1 son Escritura — lamentos inspirados dirigidos a Dios — y Jesús mismo oró el comienzo del Salmo 22 desde la cruz (Mateo 27:46). El lamento dicho a Dios es fe, no rebeldía.
¿Hasta cuándo debo seguir orando por lo mismo?
Jesús dice que siempre, sin desmayar (Lucas 18:1). Pablo rogó tres veces y se detuvo cuando Dios respondió de otra manera: con gracia (2 Corintios 12:8–9). Persevere hasta que Dios responda; y Su respuesta puede ser Él mismo.
¿Puede el pecado estorbar mis oraciones?
La Escritura dice que sí (Salmo 66:18; Santiago 4:3) — y la misma Escritura da el remedio: confesión y limpieza (1 Juan 1:9). Esos textos son lámparas para caminar, no garrotes contra el herido.
¿Qué hago mientras espero la respuesta?
Siga pidiendo (Mateo 7:7–8); párese en su guarda como Habacuc (Habacuc 2:1); recuerde el tiempo señalado (Habacuc 2:3); y no espere solo: con gusto oraremos con usted.
¿Aún no le conoces? La historia completa toma unos diez minutos.
Conócele